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Continuación: El Don de la Vista “Yo lo miro y Él me mira…… Esta atención a Él es renuncia a mí”
La Encarnación de Nuestro Señor trae al ser humano la capacidad de satisfacer el deseo de ver a Dios. En su Evangelio, San Juan da testimonio elocuente de ello: “Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros: Y hemos visto su gloria, como de Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad” (Juan 1,14). En su primera carta, también San Juan presta testimonio de “lo que fue desde el principio o desde la eternidad, lo que oímos, lo que vimos con nuestros ojos y contemplamos, y palparon nuestras manos tocante el verbo de la vida” (1 Juan 1,1). En la Persona de Jesucristo, Dios habla al ser humano cara a cara y el ser humano ve el rostro de Dios. En realidad, no sería demasiado decir que Nuestro Señor vino al mundo precisamente para que pudiéramos verlo. Por lo tanto al sanar al ciego (cf. Mateo 9,27-28; 12-22, Marcos 8, 22-23; Juan 9), Él revela que ha venido a restituir la finalidad original de nuestra vista. Ante todo, con su muerte y resurrección, Nuestro Señor nos redime y, por lo tanto, nos permite entrar al cielo, a la propia presencia de Dios. San Juan, de hecho, iguala la visión de Dios a la salvación propiamente dicha: “Sabemos que cuando se manifieste claramente Jesucristo, seremos semejantes a Él porque lo veremos tal cual es” (1 Juan 3,2). Por medio de nuestra visión de Él seremos como Él. Al mirarlo, recibiremos salvación. Por lo tanto, la Iglesia habla del cielo como de la “visión beatífica”, es decir, la visión que nos hace bienaventurados. Por eso escribió San Ireneo que “la vida del hombre es la visión de Dios”. “Al presente no vemos a Dios sino como un espejo y bajo imágenes oscuras, pero entonces lo veremos cara a cara” (1 Corintios 13,12). Sobre la base de la Sagrada Eucaristía, la Iglesia ha reflexionado continuamente sobre este deseo y esta promesa de la visión de Dios. Describe la virtud de la fe como una forma de ver a Dios y de ver su verdad. Describe la contemplación, el punto culminante de la oración, en términos similares: La contemplación es una mirada de fe, fijada en Jesús. “Yo le miro y Él me mira”, decía, a su santo cura, un campesino de Ars que oraba ante el Sagrario. Esta atención a Él es renuncia a “mí”. Su mirada purifica el corazón. La luz de la mirada de Jesús ilumina a los ojos de nuestro corazón; nos enseña a ver todo a la luz de su verdad y de su compasión por todos los hombres. La contemplación dirige también su mirada a los misterios de la vida de Cristo. Aprende así el “conocimiento interno del Señor” para más amarle y seguirle (Catecismo de la Iglesia Católica 2715). Esta capacidad de “ver” espiritualmente tiene repercusiones para la vida moral: Nos concede ver según Dios, recibir al otro como un prójimo; nos permite considerar el cuerpo humano, el nuestro y el del prójimo, como un templo del Espíritu Santo, una manifestación de la belleza divina (Catecismo de la Iglesia Católica 2519). Nuestra vista, más que una capacidad física, también es un medio importante para entender la fe, el cielo y la salvación. En realidad, su verdadero fin y su satisfacción es la visión de Dios mismo. La finalidad del ser humano está vinculada a su capacidad de ver. Con esta profunda verdad en mente, podemos apreciar mejor la grave amenaza que presente la pornografía para el alma humana, la familia y la sociedad. |
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